Tu gestor genera imágenes con IA: la línea entre retocar tu foto e inventar el plato

Las cartas ilustradas con IA producen rechazo, y el motivo sirve para cualquier web: la línea está entre retocar tu foto e inventar lo que vendes.

Quince miniaturas en rejilla: dos filas de perfiles de barras que se van igualando hasta ser idénticas y pálidas, y una fila central en coral que conserva su forma irregular.

Un reportaje de TechCrunch del 3 de septiembre se hace una pregunta que parece menor y no lo es: por qué las cartas de restaurante ilustradas con inteligencia artificial resultan poco apetitosas. No feas: poco apetitosas. La respuesta afecta a cualquier negocio que esté a punto de ilustrar su web con imágenes que no ha hecho nadie.

Las cartas que dan menos hambre que antes

Las imágenes generadas de comida comparten un aire: demasiado impecables, demasiado simétricas, con una suavidad rara. Los helados son esferas perfectas. Las gambas parecen modificadas genéticamente para comerse su propia cola.

Alex Lisle, director técnico de Reality Defender —una empresa dedicada a detectar contenido generado, conviene saberlo al leerle—, lo describe como «casi un alienígena intentando hacer una pizza sin entender sus principios básicos». Y añade una observación que explica el aire de familia: «Mucho de esto parece una carta de Chili's de 2015, y hay una razón para eso».

El reportaje apunta a que los restaurantes «probablemente» están cayendo en un bucle concreto: reeditan una y otra vez la carta ya generada para cambiar un precio o el nombre de un plato, y con cada pasada las fotos se vuelven un poco más redondas y un poco más suaves.

No es que el modelo se rompa: es que converge

El reportaje distingue dos cosas que se confunden a menudo.

Una es el colapso, que Lisle compara con la enfermedad de las vacas locas: alimentar un modelo con su propia salida, una y otra vez, hasta que la endogamia puede con él y la calidad se desploma.

La otra, más discreta y mucho más frecuente, es la convergencia. Lisle la define como algo «menos extremo, que degrada la calidad de lo que produce una IA sin dejarlo del todo inservible». Sigue sirviendo, pero peor. Y sobre todo, empieza a parecerse a todo lo demás.

Lee Rainie, director del Imagining the Digital Future Center de la Universidad de Elon, señala de dónde sale eso: «La optimización de los conjuntos de datos busca que el resultado sea agradable, o que no ofenda». Lo que la IA hace, dice él, tanto con imágenes como con lenguaje, es «limar los bordes». Y los bordes son justo lo que distingue tu negocio del de la acera de enfrente.

Rainie apunta además algo incómodo para quien piensa que esto no se nota: la gente tiene «una intuición casi inexplicable» para saber cuándo está mirando algo generado por IA, comparado con algo real.

El reportaje cita también a investigadores de la Universidad de Duisburg-Essen, que encontraron un efecto de «valle inquietante» con las imágenes de comida generadas con IA: las que casi parecían reales producían más asco e incomodidad que las que se veían obviamente falsas. Lo peligroso, entonces, no es la imagen que canta: es la que casi cuela.

Esto no va de restaurantes

La carta es el ejemplo porque con la comida el rechazo se nota en el cuerpo. Pero el mecanismo es el mismo en la foto de producto de una tienda, en la del taller, en la de la obra terminada y en la imagen de cabecera de cualquier página de servicios.

Y hay una ironía que conviene ver entera. Una web existe para que te elijan a ti. Un sistema optimizado para producir lo agradable y promedio trabaja, por diseño, contra esa función. Cuanto mejor le sale la imagen «que no ofende a nadie», menos dice de por qué eres distinto.

Dos problemas distintos que conviene no mezclar

Llegados aquí hay dos cosas en juego, y se parecen lo justo para confundirse.

El primero es de veracidad. Si la foto enseña un plato que no cocinas o una pieza que no vendes, estás enseñando algo que el cliente no va a recibir. Ese problema no es estético y no lo arregla ninguna herramienta.

Y desde el 2 de agosto de 2026 tampoco es solo un problema de confianza. Ese día entraron en aplicación las obligaciones de transparencia del Reglamento Europeo de Inteligencia Artificial (el Reglamento (UE) 2024/1689). Una de ellas dice que quien despliega un sistema de IA que «genere o manipule» imágenes que constituyan una ultrasuplantación —el término que usa la norma— tiene que hacer público que están generadas o manipuladas de manera artificial, «de manera clara y distinguible a más tardar con ocasión de la primera interacción o exposición». Si eres tú quien abre el gestor y pulsa el botón, ese responsable eres tú.

La norma define esa ultrasuplantación como el contenido que «se asemeja a personas, objetos, lugares, entidades o sucesos reales y que puede inducir a una persona a pensar erróneamente que son auténticos o verídicos». Son dos condiciones unidas por una «y»: no basta con que la imagen se parezca a algo real, tiene que poder pasar por auténtica. Y entre esas cosas reales están los objetos, así que la foto de un plato puede entrar. Ojo también con el «genere o manipule»: partir de una foto tuya no es un salvoconducto si el retoque acaba haciéndola pasar por lo que no es.

Y conviene no leerlo al revés: declarar que una imagen es artificial no vuelve cierto lo que esa imagen enseña. Son dos obligaciones distintas y se cumplen por separado — si el plato de la foto no existe en tu cocina, la publicidad sigue siendo engañosa aunque hayas declarado que la foto la hizo una máquina. Esto es orientación técnica y no asesoramiento jurídico: dónde cae exactamente tu caso, consúltalo con quien corresponda.

El segundo es de homogeneización: tu imagen se parece a la de todos los demás. Y aquí conviene ser honesto, porque es tentador vender lo contrario: retocar no te inmuniza contra esto. El retoque se apoya en el mismo tipo de sistema y arrastra el mismo sesgo hacia lo agradable. Lo que sí hace es partir de algo que solo tienes tú —tu local, tu pieza, tu plato— en lugar de partir de la media de internet. Es una ventaja de origen, no una vacuna.

El reportaje describe ese bucle de reedición sobre cartas ya generadas. Y de ahí sale una precaución que ya es cosa nuestra, no suya: cuantas más pasadas le des a una imagen, sea cual sea su origen, más se irá hacia el centro.

Dónde ponemos nosotros la línea

Si tu gestor de contenido trae generación de imágenes dentro, esto deja de ser una noticia y pasa a ser una decisión que tienes encima de la mesa.

El nuestro la trae. El módulo Galianet IA va incluido en el Plan Profesional y en el Empresarial, y no en el Básico: puedes verlo en la tabla de planes, donde se describe como «crear páginas e imágenes; ampliable a Plus y Pro». Las páginas de esos dos planes lo cuentan con más detalle: «genera o edita imágenes desde el gestor», y esa edición incluye retocar: de serie el módulo genera y retoca fotos, y genera también el HTML, el CSS y el JavaScript de una sección de la página. Lo usa el cliente, desde su propio gestor.

Esa palabra de en medio —retoca— es la que abre la salida, y es la mitad que aquí interesa.

La línea que proponemos, y que no cuesta nada aplicar:

  • Tu foto real, retocada, sigue siendo tuya. La hiciste tú, con lo que tenías a mano, y puede que no sea perfecta. Pero el sujeto de esa imagen existe y es el que el cliente va a recibir.
  • Generar de cero lo que vendes es de todos. Si la imagen representa un plato, una pieza o un trabajo que el cliente va a recibir, tiene que ser una imagen de eso. Aquí es donde aparece la sensación rara, y donde además hay un problema anterior al estético.
  • Lo que nadie va a tomar por real es terreno libre. Un fondo, una textura, un icono, una ilustración conceptual para un artículo del blog. Lo que decide no es que la imagen sea abstracta: es que ningún lector vaya a creer que está viendo algo que existe. Una ilustración muy realista de un local o de una pieza no entra aquí por decorativa que sea.

La regla, en una frase: si el cliente puede recibir lo que sale en la foto, la foto es de eso.

Esa regla es nuestra, no la de la norma, y cumplirla no te ahorra la otra: si publicas una imagen generada o manipulada que puede pasar por auténtica, la obligación de decirlo sigue en pie.

Con los textos pasa lo mismo, y se ve menos

Con las imágenes la convergencia salta a la vista. Con el texto es más difícil de detectar, y por eso hace más daño durante más tiempo. Las descripciones que salen de la nada tienden al mismo sitio: correctas, agradables, sin una sola frase que solo pudieras haber escrito tú.

Y ese es exactamente el material que un cliente usa para decidir entre tú y otro.

Fíjate en que la distinción es la misma que con las fotos, y por eso lo que ofrecemos en soluciones se describe como «textos y descripciones generados a partir de tus datos»: el punto de partida es tu ficha, tu proceso, tu forma de trabajar. Partir de lo tuyo y pulir es una cosa; pedirle a una máquina que rellene un hueco vacío es otra, y se nota igual que en la foto del plato.

Por eso, en la carta digital que actualizas tú —o en el catálogo, o en la página de servicios—, lo que hay que hacer fácil es que puedas escribir tú. Cambiar el plato del día sin llamar a nadie vale más que cualquier prosa de nadie.

Cuatro preguntas antes de darle al botón

  1. ¿El cliente puede recibir lo que aparece en esta imagen? Si sí, tiene que ser una imagen de eso.
  2. ¿Esta foto podría estar en la web de un competidor sin que nadie notara el cambio? Si sí, no está trabajando para ti.
  3. ¿Tengo la foto real, aunque sea mala? Casi siempre sí. Y partir de ella te deja en un sitio donde no está nadie más.
  4. ¿Este texto solo lo podría haber escrito yo? Si no, todavía no es tu texto.

Nada de esto es un argumento contra usar IA en tu web: nosotros la usamos y la ponemos en manos del cliente dentro del gestor. Es un argumento sobre para qué. Es la misma frontera que contábamos en la IA como lenguaje de altísimo nivel: estas herramientas te liberan del trabajo de detalle, no de la parte de decidir. Con las fotos y los textos de tu web pasa igual — y lo que hay que decidir es qué parte de tu negocio no puede parecerse a la media.

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Si estás montando o rehaciendo tu web y quieres un gestor que te deje actualizar tú lo que cambia cada semana —la carta, el catálogo—, cuéntanos cómo trabajas y te decimos qué necesitas de verdad.

Fuente: Amanda Silberling, «The sameness problem behind those unappetizing AI-generated menus», TechCrunch, 3 de septiembre de 2026. https://techcrunch.com/2026/09/03/the-sameness-problem-behind-those-unappetizing-ai-generated-menus/

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